Una tarde, caminando junto a mis amigos, vi un perrito chato de cara con rasgos muy divertidos y sentí algo que no supe nombrar. Meses después, tras una recomendación insistente, recorrí una aventura hasta el norte de Ecuador para encontrarme por primera vez con Stitcha.
Escalamos, comimos, corrimos, volamos, ganamos, perdimos, farandulamos, inspiramos, bailamos, reímos, lloramos, conquistamos, meditamos, roncamos. En resumen: mucho amor.
Esta es mi primera escultura tallada en el mismo material que usó nuestro gran Miguel Ángel. Un pequeño homenaje a mi Stitcha Cuántica.
Hay quien dice que un ángel solo es ángel mientras no siente. A esta se le concedió lo contrario: la piel, el peso, el frío del aire en la piedra que la sostiene. No cayó — fue rescatada, y la rescatada ahora busca lo único que su naturaleza anterior no tenía permitido sentir. ¿Sobrevive un ángel dentro de la carne? Esta pieza no responde eso. Solo lo intenta, un gesto a la vez.
— Etrem P.H.
Un carnero, pequeño y de lana blanca, queda de pie bajo una cúpula de oro que desciende hacia él como si lo hubiera elegido — no para atraparlo, sino para resguardarlo. Todo a su alrededor es inmenso, deliberado, precioso. Él, en cambio, es lo único vivo ahí adentro. A veces lo más valioso de una estructura no es lo que la sostiene, sino lo pequeño que decide proteger.
— Etrem P.H.
El David de Miguel Ángel elige el instante de la calma: la decisión ya tomada, el cuerpo aún quieto. Bernini, siglos después, elige el instante de la fuerza, el giro completo del lanzamiento. A ambos les debo la pregunta que me faltaba responder — ¿y el instante exacto en que la piedra deja la honda? Un amigo, que de niño cazó con hondas de verdad y no con teorías, me lo explicó sin saber que estaba resolviendo una escultura: "eso truena como un latigazo." Esta pieza parte de un estudio directo del David — mi manera de pararme, con humildad, sobre los hombros del gigante que me enseñó a esculpir sin haberme conocido nunca — y desde ahí busca ese quiebre, ese chasquido, el momento que ni Miguel Ángel ni Bernini se detuvieron a mirar.
— Etrem P.H.
Cada edición parte de una sola criatura, entregada sin identidad: sin peinado, sin vestuario, sin actitud definida. Quien participa le da todo eso — la vuelve suya por un momento, y en ese gesto revela algo de su propia mirada. No se busca el trazo más técnico, sino la interpretación más viva. La obra debe ser original e inédita, entregada por el canal indicado dentro del plazo — pasado el cierre, la convocatoria queda oficialmente clausurada para esa edición. El fallo del jurado es inapelable, hay un solo ganador, y el resultado se anuncia públicamente en este mismo espacio.